No estás triste, solo dejaste de CREAR
En la era del "creative wellness" y los retiros para reconectar con la artista interior, hay una pregunta que me viene dando vueltas: ¿y si lo que sentimos como tristeza no es un déficit espiritual o sobre cargo de tareas, sino una creatividad sin lugar a dónde ir?
He perdido la cuenta la cantidad de veces que me he anotado a una clase de cerámica, los findes que me aislado de las pantallas, o de escuchar a mis amigas buscando actividades para descomprimir el estrés: como K se dará un retiro en una cabaña al río o N en su siguiente viaje al sur. Todas coincidiendo sin darnos cuenta en la misma frase "necesito reconectar conmigo".
Mientras en redes pareciera que estamos viviendo el boom del creative wellness. Una versión de escape a la rutina con checklist interminables, que busca un refugio en lo analógico. Si estás saturada, anotate en un workshop. Si estás ansiosa, salí y tocá el pasto.
La oferta de talleres, retiros y libros para "encontrar a tu artista interior" ya dejó de ser algo de nicho para convertirse en un tema común de cualquier conversación. Desconectá, pero subí la historia.
Entonces me queda la duda:
¿Y si lo que tenemos no es un déficit espiritual… sino un atasco creativo?
Para la mayoría, el día está lleno de pantallas, ya sea por trabajo o por caer en el doomscrolling, nos saturamos pero seguimos consumiendo. Hace unos días abrí mi clickup personal, el que uso para journal, con la intención de escribir algo. Cualquier cosa. Lo que saliera. Me encontré con 135 ideas guardadas. 68 libros por leer, y 4 en curso. Una nota en un chat con ideas para artículos con un bullet adentro que decía: pensar.
Esa nota me tuvo callada un rato.
Y creo que ahí hay un patrón que aplica bastante más allá de mis notas. Vivimos en una época donde el input es infinito y casi gratis. Lectura, podcasts, podcasts sobre lectura, lectura sobre podcasts. Hilos de Twitter sobre cómo escribir un libro consumidos por gente que no escribe ningún libro. Tableros de Pinterest llenos de morning routines guardadas por aquellas que se levantan tarde y miran el celular antes que la luz.
En el fondo, es una paradoja medio incómoda: nunca consumimos tanto contenido sobre creatividad como ahora. Y nunca tantas personas se sintieron tan poco creativas.
Lo que pasa, sospecho, es que confundimos dos cosas que parecen lo mismo pero no lo son. Una es la fantasía de crear: ver el video, comprar el cuaderno bonito, soñar con escribir el libro, saber el nombre de la marca de pinceles correcta. La otra es el oficio de crear: sentarse, sacar algo, y aguantar el ratito horrible donde lo que sale no se parece a lo que imaginaste.
La primera se siente bien. La segunda es incómoda, pero es la que realmente destapa todo.
Hay algo casi metabólico en todo esto. Cuando solo absorbés información, ideas, imágenes, opiniones, y nunca devolvés nada, el sistema se empacha. Lo que llamamos "estar rara" o "andar bajón" muchas veces es eso. No es falta de inspiración. Sino falta de salida.
Crear, por suerte, no significa lo que vemos perfectamente curado cada quien en su algoritmo. No tenés que ser artista, no tenés que tener un don mágico, no tenés que producir algo digno de subir. Crear es algo bastante más doméstico: cocinar sin receta, mandar un mensaje de voz larguísimo ordenando una idea en voz alta, escribir tres líneas en una nota, armar un playlist con criterio (el "mix" automático de Spotify no cuenta). Cualquier acto donde transformás algo según tu opinión, donde interpretás y te cuestionas, en vez de solo recibirlo.
No sé si la solución es otro curso. (Probablemente no.) Pero quizás cada tanto convenga preguntarse algo simple antes de seguir agregando pestañas a tu cabeza: ¿Hace cuánto que no hago algo, aunque sea mínimo, que salga de mí?
A veces la respuesta no se siente épica. A veces ni siquiera se siente bien al principio. Pero casi siempre, después, se siente como abrir una ventana en una sala que estaba demasiado cargada.
Y eso, ya, es bastante.
Nos leemos en la próxima.
XO