LO QUE LA FRUGAL GIRL NO VE DESDE EL FEED
Entre armarios de cinco básicos y alacenas con frascos de vidrio, el frugal girl se volvió el nuevo aesthetic del feed. Pero mientras hago scroll, hay algo que no me termina de cerrar.
Mi escritorio tiene una pata chueca.
Lo compré en 2018 — recién me había mudado a Buenos Aires, vivía sola por primera vez, y la plata alcanzaba para lo justo. Mil pesos. Un fabricante en Mercado Libre. Me pasé un mes buscándolo. Rechazaba todo lo que fuera melamina, aunque fuera más barato, aunque fuera más "fácil", aunque mi primera renta estuviera gritándome que era lo que había. No quería melamina. Quería madera. Algo que sintiera que duraría más que un par de meses.
Llegó. Lo pinté. Tres años después lo volví a pintar. Me acompañó en tres mudanzas, dos crisis económicas y una pandemia. Ahora una pata está chueca, pero antes de buscar otro, prefiero cambiar las patas, no el escritorio.
Cuento esto porque hace unos meses, scrolleando, me apareció un concepto presentado como "nuevo": frugal girl. Después underconsumption core. Después no-buy aesthetic. Chicas en TikTok mostrando sus armarios de cinco básicos con el aire orgulloso de quien acaba de descubrir el fuego. Alacenas con frascos de vidrio y una luz de ventana que claramente llevó rato acomodar. Rutinas de skincare de tres pasos filmadas a 60 cuadros por segundo. Todo precioso. Todo con un nuevo hashtag.
Y me quedé mirando mi escritorio ¿es que acaso una forma de vivir puede ser también moda?
El concepto frugal living se popularizó en Estados Unidos después del crash de 2008 y volvió a resurgir con fuerza en los últimos años, básicamente surge cada vez que la economía global se cae un poco y la gente necesita darle un nombre lindo a lo que ya está haciendo por obligación. Pero la práctica —comprar con criterio, cuidar lo que entra, hacer durar las cosas— por supuesto que no es yanqui, ni nueva, ni particularmente aspiracional. Es lo que hicieron nuestras abuelas, y lo que hace cualquier economía que convive con crisis crónicas.
Es, básicamente, media Latinoamérica desde que tiene memoria. Lo que es nuevo es que ahora viene con el filtro de TikTok.
Acá en Buenos Aires, una ciudad donde comportamientos así son parte del común diario, de la rutina -y hasta me atrevería a decir un poco de su folklore- hay un paisaje entero del que el feed recién se está enterando. Las ferias americanas de los sábados en Palermo, San Telmo, Mataderos. El mercado de pulgas de Dorrego los domingos a la mañana. Las tiendas de antigüedades que vas encontrando por accidente, metidas entre dos edificios de un barrio al que fuiste por otra cosa. Hasta el verdulero que te guarda las frutas más maduras.
No es austeridad —no me gusta esa palabra, me sabe a poco y a permanente—, es más bien, el gesto de buscar objetos con un valor que no se mide solo en pesos, es ver la belleza en el potencial de algo. Es imaginarle una segunda vida al mueble que para otra persona era basura, al libro que otro ya terminó de leer, al vestido que una amiga no se pone más.
Pero, hay algo con todo este boom de contenido que no termino de ubicar bien. Porque cuando miro con atención ese feed tan curado, tan bohemio, tan empeñado en verse único y diferente, me pregunto si estamos viendo una forma de vivir, o la actuación de una forma de vivir.
Porque esto es lo que a ese feed aesthetic se le escapa. Mi escritorio no es frugal porque haya salido mil pesos. Es frugal porque, aunque costó mil pesos, tiene carácter. Porque tuvo más de una vida, porque cambió conmigo y lo sigue haciendo. Tiene marcas de las infinitas tazas de café, de velas que se acabaron; guarda historias, me ayudó a escribir mi primera propuesta como freelance, me vio terminar proyectos que creía que no iba a terminar, me vio escribir este artículo. Es aesthetic, sí. Pero no es descartable.
Lo mismo con los copetineros de cristal verde que me regalaron mis amigas para mi cumpleaños el año pasado. No valen solo porque hacen un match perfecto con la deco de mi casa -que lo hacen, admito, y me enamoran cada vez que los uso-. Valen porque mis amigas fueron a una tienda de antigüedades a buscar algo con utilidad, carácter y algo de historia encima. Y lo encontraron.
O mi libro favorito, que me encontró en una tienda de segunda mano hace más de diez años en mi ciudad natal. No era lo que buscaba, pero me encontró, y lo amé de una manera tal que me ha acompañado en todas mis mudanzas, lo he leído de diferentes formas en diferentes momentos de mi vida, y cada vez que lo abro, me devuelve una versión mía que ya no existe. Hasta lo he comprado de vuelta para regalar.
Las cosas no son frugales porque sean baratas, o viejas, o de segunda mano.
Son frugales porque llevan una historia encima.
Si lo frugal se convirtió en estética, ¿sigue siendo frugal? ¿O es solo otra manera elegante de llamar la atención, otra estrategia más para subirse a la viralidad del momento? ¿Se volvió popular el concepto, o el aparentar serlo?
Nos leemos en la próxima.
XO